08/02/2010 IGNACIO MARTÍN CISNEROS
El Real Zaragoza existía, estaba ahí, ayer volvió. Así, de sopetón. Tampoco hay que creer que ha sido capaz de reinventarse en dos semanas y que ahora volverá a ser aquel maravilloso que conquistó la Recopa en París. Está a años luz de eso, sin duda es otra cosa. Es, de momento, un proyecto de la nada. Poco tiene que ver, desde luego, con el de los últimos meses, ni siquiera con el de los dos años pasados. Es un equipo normal, reconocible, un Zaragoza que se asemeja a lo que es y se espera de él, como cualquiera de los últimos treinta años, capaz de mostrar un buen fútbol aunque sea a ratos, de concebir el juego con sinceridad y naturalidad. Un Zaragoza con sentimiento, fe, sufrimiento y corazón, un conjunto que su afición puede defender con orgullo. Al cabo, una idea con la que se identifica.
Ahí está la primera verdad de este Zaragoza que resucitó en un trepidante cuarto de hora en Tenerife y que ayer fue capaz de levantar el vuelo por encima del poderoso Sevilla. Cierto es que Manolo Jiménez echó una mano con la alineación. No lo es menos que el equipo de Gay --aquí llega la gran noticia-- le habría peleado el partido aunque hubiese puesto a todas sus estrellas, y que también es posible que le hubiera ganado. Una gran diferencia. El Zaragoza volvió a ser un equipo, a comportarse como tal, a sentirse fuerte, a responder a las expectativas y exigencias que se le suponen por escudo y camiseta.
Es como si, de repente, de un día para otro, hubiera vuelto el orden natural de las cosas. Una alineación coherente, un estilo lógico, un fútbol creíble, nada extraño por aquí ni por allá. Lo de toda la vida, vamos. Lo que La Romareda agradece, porque lo entiende y lo siente. Buena parte del cambio hay que concedérsela a Gay, técnico de grandes convicciones futbolísticas, de buen gusto, que desde el primer día supo llevar la situación con serenidad, con trabajo y, sobre todo, con naturalidad.
El técnico creía que este Zaragoza era muy capaz de jugar de otra manera, al menos de intentar jugar, que los jugadores irían incrementando su rendimiento y que la afición se engancharía. Tenía razón. Así, desde abajo, se crea el clima. Para empezar porque se fomentan y recuperan los lazos de unión con la grada que otros se habían empeñado en quebrar, rasgar y despedazar con insistencia, ignorancia y torpeza. Así se diseña también un futuro mediante un desarrollo natural de las cosas. Un 4-4-2 y unos jugadores involucrados, sensatos, conscientes de su deber en La Romareda. Y buenos jugadores, mejores, no hay que olvidarlo. Un buen central y dos delanteros, sobre todo, han dado sentido a este equipo de remiendos pero cosido con naturalidad, de forma llana, franca, normal. El Zaragoza vuelve a su ser, es para celebrarlo. Solo falta que no lo vuelvan a estropear.
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